Azote de María

La noche del 19 de septiembre me acosté a dormir para despertarme con un terrible ruido. Alguien tocaba fuertemente a la puerta, pero nosotros no abríamos.  Ese alguien se enfureció mas y más hasta que ya no tocaba, sino golpeaba como si quisiera tumbar la puerta. María había llegado y no tenía intenciones de irse, por lo menos por unas largas horas.

Mientras los vientos azotaban incansablemente las ventanas de la casa en que me refugié, no podía evitar pensar que en algún momento estas se irían volando. Se había ido la luz, se había ido la señal de cable TV, se había ido toda señal de comunicación.

Cuando por fin llega la calma nos dimos cuenta de algo. El mundo que comenzamos a vivir desde esa noche fue uno diferente. Era un mundo nuevo para nosotros que nos presentaba una cantidad de retos increíbles que para ese momento tan temprano luego del desastre natural, ni siquiera comprendíamos. Era un mundo en el que los medios digitales y las señales de comunicación, salvo las emisoras radiales, ya no existían. No teníamos idea qué pasaba; ¿se había ido el huracán?, ¿cuántos daños había provocado?, ¿personas perdieron la vida?, ¿cómo estaban nuestros familiares? Esa última fue la pregunta que nos continuamos haciendo por dos semanas, pues no podíamos contactarnos con familiares en Ponce, Cayey y Mayagüez.

De la misma forma que arrancó los árboles de la tierra, nos arrancó los celulares de las manos. Ya no tenían uso no importa cuánto más los observáramos y deseáramos recibir llamadas. Nos arrancó la noción del tiempo, de la tragedia, de la emergencia. No entendíamos que ocurría. No entendíamos la magnitud del problema ni la crisis humanitaria que se avecinaba.

Escuchar la radio no fue noticiero suficiente, pues la misión de los locutores del momento era tranquilizar al pueblo y no alertar. Nuestro periodista por excelencia fue mi tío, quien se encontraba en Estados Unidos y vio constantemente las coberturas del paso del huracán María. Estaba como loco. Y cuando logró contactarse con nosotros días después, no entendimos por qué estaba tan histérico. Lo que pasaba era que nuestra realidad era otra, una diferente a la que podíamos ver a nuestros 360 grados. Nos dio el llamado de emergencia y nos movilizó, porque estábamos paralizados todavía en estado de shock. En negación no importa cuánta destrucción había a nuestro alrededor.

Logramos salir del País y no fue hasta que llegamos a nuestro destino final que pudimos ver las noticias de lo que realmente había ocurrido en nuestra Isla. Cuando regreso nuevamente a Puerto Rico, me doy cuenta que con quienes conversaba no conocían ni un tercio de la información de la que me enteré al salir a los Estados Unidos. Todavía acá en Puerto Rico, a un mes del huracán, la información no llegaba a los puertorriqueños. Solo llegaba un balde de promesas falsas que intentaban alentar al pueblo y prevenir la fuga masiva hacia la diáspora.

Ya en Puerto Rico me quedé otra vez sin señal, los escombros frente a mi casa—que habíamos recogido entre los vecinos—allí permanecían. Árboles inmensos caídos en medio de carreteras, tendidos eléctricos de lado a lado, filas largas, poca comida en los colmados, escasez de baterías, gas, diésel – un tremendo caos. Aquí no se había avanzado en nada, #PRNOSELEVANTABA.

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