Crónica del que estudia y trabaja…en una catástrofe nacional

Suena el despertador a las seis de la mañana, abro los ojos y…espera, aquí no suena ningún despertador, aquí no hay luz. El cliché lo dejo para otro momento porque en esta situación no existen clichés; nadie en Puerto Rico había vivido una experiencia como esta. Llevamos dos meses y medio sin luz a causa del huracán María—bueno, a causa de muchas cosas en realidad que enmascaramos con el nombre María. Pero bueno, por ahí vamos. No puedo evitar recordar a todos aquellos que dicen que “no creen ni en la luz eléctrica”, porque por primera vez entendí lo que es dejar de creer.

Ahora sí, comencemos otra vez. El calentón que emanaba de mi cuerpo a las 3:00 de la mañana intentaba darme los buenos días porque pues, los días ahora son de 3:00 am a 5:30 pm. Sin embargo, ni la universidad ni el centro comercial en que trabajaba se habían enterado de esto. Por eso tenía que dar vueltas en la cama por tres horas más hasta que fuera socialmente razonable poner pies en el suelo y formalmente comenzar mi día.

Si pensabas que estudiar y trabajar era difícil, súmale a esto una crisis humanitaria, catástrofe nacional, castigo divino, como le quieras llamar. Y el problema es que ahora nadie se puede quejar porque “siempre hay alguien peor que tú”. Ah, otra frase del momento es, “tienes que aprender a aguantar estrés”. ¡¿Aguantar estrés?! ¡Esto ya no es estrés! Se llama Post Traumatic Stress Disorder y no hay yoga ni baño tibio que me lo quite.

Desde ahora te lo digo; yo me quité y me sigo quitando cuando crea necesario, porque me cuesta $200 el crédito, pero mi salud mental y emocional no tiene precio. Simplemente llegó el momento en que no podía más. El no tener el trabajo listo para el profesor abría la puerta para un mar de excusas. Esta vez no había que ser creativo, la excusa era sencilla: “profesor, no soy funcional”. Lo que esto significaba era que mi cerebro no daba más. No dormía, comía una vez al día comida chatarra que lo que hacía era inflarme el vientre con sodio. Me sentía tan fuera de salud. No tomaba agua regularmente porque, aunque parezca exageración, viví momentos en que una botella de agua era un lujo y si no lo tenías en tu casa, era muy probable que no te diera el tiempo de salir a buscarlo porque tenías que ir y sentarte una hora y veinte minutos bajo una carpa para participar de una clase, que al lado de mis problemas, no tenía ningún tipo de importancia.

Así que el panorama era este. Salía de casa por la mañana con dolor de cabeza por deshidratación, sin desayunar, me montaba en el carro y guiaba hasta un tapón infernal. Todo el mundo de mal humor, a la defensiva, como si no se hubieran bañado bien en días o no hubieran dormido sus buenas ocho horas… El tramo que me toma 16 minutos me tomaba una hora, así que fue un problema calcular a qué hora debía salir para cada lugar. (Nunca llegué a tiempo a mi clase de estadística a las 8 am.) Llegué por fin a la universidad para averiguar, bajo lluvia, en qué carpa es que se iba a dar mi clase. Caminé hasta una que se llama “de la Vega” y un número que no recuerdo. Me senté. Al rato, mientras el profesor hablaba cayó un diluvio que nos hizo a todos agarrar nuestras sillas y concentrarnos en el centro de la carpa. No olvidaré ese momento. Todos nos miramos como diciendo “no vamos a aguantar ni una semana en estas”.

Después de la universidad salía corriendo para llegar al trabajo a tiempo. Tenía que cambiarme en el carro, pantalón negro, camisa blanca, chaqueta negra, zapatos cerrados, maquillaje llamativo y pelo arreglado. Ah, y sobretodo muchas prendas de la tienda que por supuesto tenía que comprar yo con dinero del mismo cheque que me pagaban, pero pues, era parte del uniforme. Como nadie en Puerto Rico tenía luz, gran parte de la población se concentró en Plaza las Américas, donde quedaba la joyería en que trabajaba que era algo así como La Meca de Plaza. Como decía, como había tanta gente allí, nunca podía encontrar estacionamiento. Cuando al fin encontraba, me bajaba corriendo en mis tacos, para como quiera llegar tarde al ponchador. Rápido empezaba a vender, con la respiración agitada intentando guardar el aire que entraba.

A la joyería entraban personas preguntándome que “dónde están las pantallas económicas”. Le mostraba entonces las pantallas en plata de $40. “Sí, pero las más económicas, como de $20 y $30”, me respondían. Completamente sorprendida, le decía “estas son las más económicas, todo aquí es en plata 925, oro 14K o en oro rosado”, como queriendo decir, “estás entrando a una joyería de renombre no a un kiosco, $40 es un regalo”.

Cuando llegaba la hora de break no encontraba ni donde sentarme. Muchas veces hastiada con los comentarios y constantes regaños que ni hacían sentido porque se sacaban las reglas de la manga. Un día hasta “niña de primer grado” me dijeron por algo que realmente era la única que lo estaba haciendo bien…pero ahí vamos, como quiera me llevé el insulto porque son así.

Como el tacto para bregar con los empleados es inexistente, estaban en escasez de vendedores. Y como Plaza estaba tan y tan lleno, mi horario “part time” de 15 horas pasó a convertirse en un “part time” más largo de 38 horas sin mi consentimiento. Junto con 18 créditos todos con componentes en línea, y yo sin luz, sin Internet y sin carga en el celular o computadora, el chistecito de tratarme como empleada “part time” cuando trabajaba “full time” nada más les daba gracia a ellos.

Llegó el momento que en mi hora de break no me quedó otra que sentarme en un banco a llorar. Estaba harta. Y lo peor es que estaba en automático. Seguía exponiéndome a todo esto porque me forzaban a intentar vivir en la normalidad cuando lo que ocurría en mi vida no podía alejarse más de ella.

Cuando terminaba con mi horario de trabajo ya se había hecho de noche. Tenía que buscar qué comer en un sitio que aceptaran ATH porque ya había agotado mi efectivo. Llegaba a mi casa con todos los trabajos que tenía pendientes en la mente, para solo poder realizar los que podía completar a mano alumbrándome con una linterna o vela. Al día siguiente, la misma historia, cosa que terminó en una acumulación de trabajos enorme y una sustracción de puntos monumental por tardanza.

Con los mil trabajos de la universidad atrasados y una entrevista que tenía que realizar justo en ese momento para un reportaje de asignación, llegué a la tienda para pedir que me ayudaran con mi horario ya queme confligía con esta cita. Rápido montaron cara y me cerraron las opciones. Cuento largo corto, me sacaron las últimas lágrimas de frustración y me di cuenta que ya no quería trabajar más ahí. Era o hacer la entrevista y salvar la nota de mi clase, o quedarme trabajando y seguir atrasándome en la universidad. Decidí en ese momento entrar y decirle a la gerente, “me tengo que ir; también quiero decirte que no voy a continuar trabajando aquí”. Entonces fue en ese momento que se alarmó y me atendió, “ay Sofía, pero ven, siéntate aquí, vamos a hablar”. Intentó decirme que las cosas en la tienda pronto iban a mejorar y que le daba pena dejarme ir por lo buena vendedora que yo era; pero ya era muy tarde, yo no quería darles ni un segundo más de mi tiempo. Me dijo que lo pensara antes de tomar la decisión—que me tomara el día libre y mañana volviese a trabajar. El próximo día trabajaba de 2pm a 10pm cuando salía de la universidad a la 1:30 pm. Llevaba muchos días sin descanso. Ahí fue que pensé, por un $7.25 la hora que termina siendo un 6 y pico, olvídate de esto. Redacté la carta de renuncia lo más rápido que pude, a mano y breve, y le dije adiós al ambiente de trabajo más hostil que he tenido en mi corta vida.

Realicé la entrevista, pero mi cerebro ya no funcionaba. Estaba quemado, podía jurar que lo olía. Así que al día siguiente, cuando llego al salón de clases para hacer la redacción de la noticia como estaba planificado, no pude formar ni una oración. Me quedé mirando el grande y moderno monitor de la Mac, mientras la profesora repetía que “el trabajo se entrega hoy porque se entrega hoy”. Ya sabía yo que no era capaz de terminarlo, así que me atreví a decirle, “profesora, es que aquí no me puedo concentrar”. “Tenemos un problema entonces”, me respondió. Estuvo como unos 15 minutos regañándonos por “no tener compromiso con la clase” y que “estamos muy cómodos”. Yo solo pensaba en cómo había renunciado a mi trabajo solo porque me confligia con una entrevista para esta misma clase. Y si me quedaban gotas de ser humano funcional, ahí se me drenaron las últimas—literalmente, porque otra vez empecé a llorar. Fue de esos llantos que ya no es que se te aguan los ojos, sino de los que no puedes controlar. Entonces la profesora decidió escucharme esta vez y le expliqué de cómo era mi día a día y de cómo terminé renunciando el día anterior para poder realizar la entrevista que pidió. Yo sentía que mayor compromiso con la clase no podía tener, pero las condiciones post María no permitían que esta estudiante, quien siempre ha sido muy responsable, pudiera ejecutar a la perfección.

Excelente forma de comenzar el día de tu cumpleaños. Y tristemente se me había dañado el celular hace una semana y ni siquiera pude recibir llamadas de mi familia y amistades que siempre alegran el día con sus felicitaciones y deseos positivos.

Ya era demasiado. Paré en la farmacia y compré un pote de jabón de estos que hacen mucha espuma. Guié hasta casa de mi tía quien tiene calentador solar. Tenía en ese momento la casa para mí. Llené una bañera bastante grande que ella tiene con agua bien caliente y esparcí chorritos del líquido en el agua. Entré y el agua caliente adormeció mis huesos; adormeció mis nervios y mis pensamientos. Y permanecí ahí un largo rato a pesar de todo lo que tenía que hacer. Ese día me “quité”. Y no volví a “ponerme” hasta que yo lo decidí.

 

 

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